Queso palmero, mojo picón y rollito canalla. Así comenzó la fiesta de presentación del nuevo disco de Los Vinagres, un ‘Amores de Verbena’ que tocaron íntegro por primera vez en directo.
Para un intolerante a la lactosa, con habituales problemas de reflujo y siendo un normie de manual, este evento tenía todos los ingredientes para ser una de las peores noches de este 2026. Pero nada más lejos de la realidad, el queso y el mojo no me sentaron muy allá, pero supe disfrutar de una de esas bandas que merecen estar más presentes en el moribundo y hediondo circuito de festivales estatales.
Con un Café La Palma abarrotado, seguramente de familiares, amigos y colegas obligados a asistir por conveniencia, iniciaron el evento con la presentación del cortometraje grabado para la ocasión en las pantallas de la sala, una suerte de oda al verano, a la fiesta y el jolgorio, una loa a no trabajar —siendo canarios es algo que saben captar a la perfección— y con el que pretenden recoger la esencia de este nuevo álbum, que se publicará este mismo viernes.
Un cortometraje divertido, cercano y con una pizca de ese aura chulesco que tanto los caracteriza; un grupo que podría despuntar, ser referente en aquello de pasárselo bien, pero que asoma en la orilla, como una joya perdida en el catálogo de Filmin. Y la culpa no es suya, solo son víctimas de querer subsistir en un sistema caduco, que agoniza y no les da bola para poder ejercer su profesión como es debido.
Algo ilusionante como la publicación de este ‘Amores de Verbena’ deja paso a cierto amargor al ser preguntados por los planes de gira. No han inventado la pólvora, pero su música es mucho más divertida y disfrutable que la inmensa mayoría de las propuestas que nos intentan meter con calzador cada temporada. Porque ¿a quién en su sano juicio le puede gustar Siloé?
Ellos no estarán en la carrera por ser la banda a la que recurrir para rellenar carteles —esperemos que no se conviertan en los nuevos Ultraligera—, dicen que han llegado tarde para este año, pero en un panorama tan demencial no deberían perder la esperanza de aparecer en algún cartel random de cualquier festigual de copia y pega.
Si bien han dado un paso importante hacia la madurez sonora —como atestiguan canciones como ‘Tuyo’ o ‘Solo Quiero Bailar’—, por momentos evocan a los Pereza, los de verdad, cuando eran yonkis y se ponían el despertador para beber. A pesar de ello, merecen estar en la pomada: pese a las pintas, los chavales son de lo más majetes.
Si nos llaman de cualquier festival (para obligarnos a pinchar), preferimos compartir cartel con ellos que con esos predicadores y charlatanes que venden su alma al diablo, incluso si el fondo de inversión KKR anda detrás de la mitad de los escenarios donde alardearán de conciencia y principios. Necesitamos más propuestas como esta: música fresca y despreocupada, construida desde la pasión y la resistencia, perfecta para bailar en una noche de verbena.


