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Rave Albacete 2025

La Big Fucking Party y el triunfo de la coherencia

Rave Albacete 2025

Jamás nos veréis ponernos del lado del Sistema en cuestiones de entretenimiento y ocio. Es por ello que aplaudimos la iniciativa de Big Fucking Party, rave multitudinaria celebrada en el Pantano del Cenajo en Albacete, como el único evento musical sostenible de la última década.

Uno de los pocos espacios musicales cuya organizadora no explota a sus trabajadores, no abusa de su público ni tiene la desfachatez de no pagar a los músicos o hacerlo con botellines de agua, marcándose así un Sónar festival.

Un festival donde, además, puedes entrar con comida, llevarte tu propia bebida y acceder a todos los niveles del recinto destinados al público, sin pulseras que dividen por castas a los asistentes: una suerte de espacio dedicado a la libertad y el ocio sin barreras ni cuestiones de clase.

La principal reflexión que podemos extraer de lo que está sucediendo en Albacete, donde miles de jóvenes —y no tan jóvenes— llevan de fiesta desde la madrugada del día 31, es que al Estado le molesta que parte de la sociedad pueda divertirse sin beneficiar a sus arcas.

Mientras que estas personas bailan ante uno de los diez escenarios improvisados que se han levantado lejos, muy lejos, de todo núcleo urbano, sin un Pull & Bear a la entrada —como ocurre en Primavera Sound—, o una gran carpa del banco Santander en el centro del festival —como ocurre en Mad Cool—, no están tomándose los gin tonics en copa de balón en un centro urbano saturado y masificado, transformado por la sociedad de consumo en un vulgar parque de atracciones para guiris, como lo son Madrid, Barcelona, Málaga, Valencia y ahora Vigo —entre otras muchas ciudades—; como lo es cualquier macrofestival hoy en día.

Los entendidos del tema —no los más inteligentes, sino aquellos que hablan en televisión y prensa—, aseguran que esta fiesta atenta contra el ecosistema, contra la sociedad y que acarrea un gran impacto ecológico. No como los macrofestivales mencionados en el anterior párrafo, los mismos que arrastran, año tras año, denuncias vecinales por cuestiones de ruido y masificación.

Quienes se quejan en medios de comunicación siempre son los mismos: los típicos playmobils con pinta de pilaristas que no han pisado una rave en su vida, pero que lo flipan con la peli Sirāt y aseguran que Óliver Laxe es la gran promesa del cine español.

El resultado siempre es el mismo: cuando un grupo de jóvenes decide que prefiere montárselo por su cuenta para disfrutar de la música, antes que dejarse secuestrar por una organización vampira que, en manos de un sinfín de marcas comerciales y fondos buitre —en algunos casos sionistas—, debe ser automáticamente perseguido y desalojado. Pero lo que molesta no es que pongan en riesgo sus vidas, o que atenten contra el ecosistema: lo que molesta es que se divierten sin beneficiar al Estado, a un sinfín de marcas comerciales y las cuatro promotoras de turno que secuestran la música para ponerla al servicio de los grandes capitales de inversión.

Divertirse, que es en sí mismo un acto revolucionario —o habría de serlo—, escapa de este modo de las garras del Sistema y del control del Estado, donde, paradójicamente, se convierte en una trampa consumista para la sociedad, donde el individuo queda reducido en un mero consumidor idiotizado que debe ser exprimido hasta la saciedad.

Desde aquí animamos a toda esta gente a bailar hasta el día cinco. A hacerlo con mayor ahínco que en anteriores ocasiones. Y a quien no le guste: que se joda. Al fin y al cabo, cuando te plantan un gran festival —con todos los permisos en regla— en la puerta de casa, si no te gusta, tendrás que hacer lo propio.

1 Comentario

  • Juan Carlos

    Cristalino.

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