En general, la música en catalán me fascina. Solo hay una cosa peor que escucharla: entenderla.
Tras diez años viviendo en la capital del pantumaca —pan con tomate, para quien no lo entienda—, asisto a esta sinfonía de melodías cursis y estribillos melancólicos con cierto escepticismo y sopor, no porque sean malos —controlan a la perfección el sota, caballo y rey del poptumaca—, sino porque evocan a cualquier nana de Manel, Mishima, Els Amics de les Arts, Antònia Font, Renaldo & Clara y el resto de coetáneos que tratan en sus cancioneros los mismos temas costumbristas, románticos y cuquis.
Con este último trabajo, bajo el título #2, se devanaron los sesos a base de bien; quizá por ello todos los temas empiezan igual. Con Descens se atreven, incluso, a darle un poquito de caña, aproximándose peligrosamente a los riffs suaves de bandas como Viva Sueca y a la mística de vecinos rockeros como Cala Vento, con los que comparten maneras en lo referido al directo: si el batería lanza la baqueta y con tan mala suerte alcanza a un fan, detendrán el concierto para pedir disculpas.
El indie en catalán es similar a la ONU en que es inofensivo, una suerte de isla de la conciencia donde toda rebeldía queda reducida a la melancolía de una ruptura o a la desazón del rechazo. Una suerte de paja llorona deslizada en arpegios endulzados y sutiles amagos de profundidad.
En cortes como Els Altres se atreven con cuestiones más íntimas —creo—, tales como las relaciones interpersonales y la necesidad de agradar; algo que el indie en catalán consigue, si acaso, entre los catalanoparlantes.
Asisto al último corte del disco, Història d’un contenidor, con cierto entusiasmo: sin duda hará referencia a los CDR y su orquestada quema de mobiliario urbano, todo esto desde una perspectiva indie; es como asistir al apareamiento entre unicornios, algo que, por imposible, uno no espera presenciar… hasta que le salpica el grumo.
Por hartazgo, decido que el disco me gusta; puro síndrome de Estocolmo. Y eso que he entendido la mitad de las letras.


