10. Lady Gaga — Mayhem

La Madonna millennial vuelve al pop oscuro de sus inicios, donde explora el caos y la felicidad, con sencillos como Die With a Smile, en dúo con Bruno Mars, ese muchacho de extensa sonrisa que ahora se dedica tan solo a las colaboraciones con grandes estrellas, para así costearse el ático en Las Vegas.
Si bien es cierto que incluir a la madre de los pequeños monstruos en este listado es una promesa de discordia con quienes —desde el déficit cognitivo— no asumen que alguien pueda diferir en gustos, lo hacemos, además, con todas las de la ley, pues Mayhem es un disco tan absurdo como innecesario, hecho a desgana, cuyo único propósito no es otro —como ocurre con Bruno Mars y sus muchas colaboraciones— que pagar facturas.
Sus directos de presentación han sido vacuos despliegues de pirotécnica que, en contraste con la visible desgana de la diva, quien en otro tiempo era capaz de domar el escenario con la facilidad con la que encabezaba las listas internacionales, han rezumado desinterés desde un firme carácter anacrónico. Temas como Disease y el propio Die With a Smile nos llevan a extrañar lo novedoso de anteriores hits como Toxic o Womanizer, en un tiempo en el que Lady Gaga se postulaba para coronarse como la más grande de su tiempo. Un tiempo que ya pasó.
9. Pulp – More

Pulp tienen la desfachatez de volver, y encima llaman a su nuevo disco More. Pero ¿para qué más? ¿Qué sentido tiene un nuevo disco a estas alturas? ¿Para qué seguir empachando una discografía que, si bien dejó de ampliarse mucho antes de lo que cabía esperar, a razón de las neuras de Jarvis Cocker, era perfecta?
Ser una de las bandas más influyentes de todos los tiempos acarrea, como todo gran poder, una gran responsabilidad. Entre ellas, asumir que tu público ya no está para disfrutar de nada; a esas edades es sumamente irresponsable empujarlo a asistir a conciertos multitudinarios: donde debe estar es en casa con la colección de vinilos, dando la turra a los jóvenes con lo mucho que molaba la época en que los dinosaurios del britpop eran simples lagartijas hedonistas prendadas de un amplio abanico de drogas recreativas: los buenos tiempos.
Spike Island, Tina, Grown Ups… todo suena a melancolía generacional, un abismo que resulta mucho más llevadero manteniéndose impávido en el recuerdo de tiempos mejores, sin que leña alguna pueda avivar el fuego del quiero y —ya— no puedo. Este disco es una sala de torturas para uno de los fandom más entregados de la historia, el mismo que tuvo que asumir, a muy temprana edad, que habría de conformarse con Oasis, Blur o Suede, al echar el freno antes de tiempo la banda precursora del género.
Este nuevo trabajo nos lleva a pensar que el primero en arrepentirse del tiempo perdido es el propio Jarvis Cocker, a quien, en plena crisis de los sesenta, auguramos una difícil andropausia.
8. Addison Rae — Addison

La trituradora industrial del pop comercial se ha convertido en una especie de matrioska rusa infinita, donde cada año aparecen las mismas artistas de laboratorio ideadas para alcanzar un éxito efímero y encandilar al mismo público estéril y lobotomizado que defenderá con uñas y dientes la enésima propuesta mainstream carente de alma. Algo parecido a ir al cine a ver la nueva secuela de Padre no hay más que uno.
Jugando con la nostalgia, encontramos en Addison ecos de Lana Del Rey en un disco que no deja de parecer una colección de descartes de los últimos trabajos de Katy Perry. Y aunque parezca una romantización de tiempos pasados, se nos antoja complicado imaginarnos siendo un adolescente tardío en la década de los 20, en una industria construida sobre un castillo de naipes donde los máximos referentes musicales no habrían ocupado ni un minuto en el extinto Música Sí.
Su debut no es más que un delirio narcisista de una tiktoker que aspira a ser estrella del pop, sin una pizca de chispa ni personalidad; algo ideal para una sociedad adicta a la nadería que, desde la envidia sistémica, prefiere aplaudir a quien sea antes que a alguien con talento real: el perfil ideal para el actual paradigma de la comunicación de masas y el entretenimiento, donde todo es pura manipulación emocional.
La parte positiva es que la muchacha pone interés en no sonar estridente aunque ello produzca un efecto narcótico y disociativo, lo que ayuda, por otra parte, a dejar de prestar atención a su música.
7. Bon Iver – SABLE, fABLE

Enfrentarse a un nuevo disco de Bon Iver es como ver una peli de Christopher Nolan: sientes cierto interés y, empujado por la curiosidad, decides embarcarte en un viaje que sabes que llegará al mismo destino de siempre: la decepción.
Escuchar a Justin Vernon en 2025 –de manera no irónica– se ha convertido en una suerte de estafa, siempre en la vanguardia en cuanto a tomadura de pelo; de ahí la explicación de que el fandom de Bon Iver sean mayoritariamente millennials con alopecia androgénica.
Desde su primer álbum, parece no haber superado el síndrome de la cabaña, refugiándose en las mismas artimañas que no convencen ni siquiera a la masa senil que solía defender con fervor cada publicación del deprimente barbudo.
SABLE, fABLE se revela como el nuevo manifiesto de un hombre blanco sin carisma que intenta exorcizar sus complejos exponiendo sus muchas carencias afectivas. Sin embargo, el resultado no es más que un ejercicio estéril de chantaje emocional; una fórmula sobradamente conocida que, si bien fue eficaz en el pasado, hoy resulta caduca.
En otras palabras: no es de extrañar que Emma le dejara.
6. Deafheaven — Lonely People with Power

Otro disco terriblemente complaciente para aquellos que consideran a The Murder Capital una banda post-punk —y no indie— y a METZ un grupo de noise-rock. Un disco meticuloso, limpio, melódico desde el estruendo, para que el asistente medio –millennial– de Primavera Sound, el mismo que, por melómano, ha visto varias veces en directo a Bad Bunny, pueda fardar de que le gusta algo llamado black metal sin haber escuchado un disco de tal género en su vida.
Deafheaven es purpurina de color negro; algodón de azúcar dark comprado a precio de oro en Disneyland París en el día de Halloween. Es música indie disfrazada de oscura para quienes en la adolescencia, en vez de flipar con Mayhem, Darkthrone o Emperor, llevaban el flequillo a un lado, calzaban Vans de cuadritos y lo gozaban con Blink-182, Sum 41 y Green Day; cuarentones y cuarentonas cuya película favorita sigue siendo American Pie 2, aunque en su biografía de Tinder farden de que su film de cabecera es Amor de Haneke. Seres grises que extrañan la época emo, cuando lloriquear porque las rosas tienen espinas era pan de cada día.
Tal vez una de las pruebas más representativas con las que contamos para reafirmar nuestro modo de ver sea la apariencia de los músicos: no solo no lucen pintura en el rostro, como toda banda de black metal que se precie, sino que asemejan un anuncio de Yves Saint Laurent. Música de masas para oyentes que han hecho del postureo una forma de vida, y que disfrutan de géneros refritos y malogrados tan solo cuando la Pitchfork considera que deben hacerlo, para así estar en la frecuencia adecuada, que no es otra que la de la vergüenza ajena.
5. Doja Cat – Vie

En términos comerciales, siguiendo la escatológica metáfora con la que la propia Doja Cat describió su obra anterior —«Cuando te tiras un pedo, te sientes mejor, estás liberando gas, y para mí ese álbum fue gas»—, Vie puede considerarse como el empacho definitivo que derivará inevitablemente en una tremenda gastroenteritis.
Todo ello no deja de revolvernos el estómago porque, aunque la producción es exquisita, accesible y adictiva, nos traslada a un infierno en vida, equiparable a estar atrapado en una cola kilométrica en el Stradivarius en pleno diciembre, entre olor a popurrí y una calefacción a 35º. Purpurina y farandulismo para un público huérfano de referentes culturales, que ha aprendido a venerar y mitificar todo lo que TikTok decide ponerle delante. No hay nada en él que no hayamos escuchado, visto y saboreado antes: incluso criticarlo nos provoca esteatosis hepática.
Auguramos que este subproducto del todo a cien del Billboard no sobrevivirá a enero sin ser defenestrado y pisoteado por crítica y público, consecuencia directa de su empeño en la autocomplacencia desde una óptica abiertamente pop; quizá el arma de destrucción masiva más eficaz del siglo XXI.
4. Geese – Getting Killed

El nuevo triple mortal hacia atrás con doble tirabuzón de la escena alternativa. Cuando al indie medio que roza la senectud le ofreces su ración de distorsión, caos, instrumentos de viento-madera y, en definitiva, un sonido que resulta humanamente inaudible, le tienes babeando.
Getting Killed debería estudiarse desde un punto de vista sociológico como el máximo exponente de aquello en lo que no queremos convertirnos; algo parecido a lo que se debe sentir cuando te echas agua oxigenada en una hemorroide.
La parte positiva del álbum es que puedes hacer una criba bastante interesante con aquellos conocidos que, durante una distendida tertulia, comentan con fervor que para ellos es uno de los discos del año. En el caso de encontrarte en este punto vital solo podemos recomendarte alejarte de una manera progresiva y elegante eliminando sus contactos de tu agenda enviando un último mensaje: «La libertad creativa debería estar perseguida».
3. CA7RIEL & Paco Amoroso – Papota

Sí, es solo un EP, pero no podíamos dejar pasar la oportunidad de celebrar. Y es que nos resulta profundamente satisfactorio redactar esta reseña tras confirmarse que el dúo ha decidido hacer un parón de forma indefinida; nunca antes habíamos tenido la oportunidad de analizar la mediocridad musical contemporánea desde un prisma tan esperanzador.
A estos muchachos —que hace tan solo dos días eran completos desconocidos— los ha aplastado una apisonadora llamada fama. El resultado: un prolongado derrape en la curva de la mala gestión, de las expectativas exageradas y las prisas excesivas. Una sufrida inmolación psicológica para quienes tienen que convencer a la masa oyente, de forma apresurada, que lo suyo no ha sido mera coincidencia, sino talento innato.
La única similitud entre Mozart y CA7RIEL & Paco Amoroso es que, gracias a su proyecto, han sido capaces de captar la atención de todos; la principal diferencia, entre las muchas que comparten, es que Mozart únicamente habría de plantarse ante un piano para demostrar su valía: CA7RIEL & Paco Amoroso necesitan, incluso, hacer bailecitos absurdos en el embarque de un avión, cambiar de disfraz ridículo cada cinco minutos y demás teatrillos estrambóticos y sin gracia que no son más que vulgares sortilegios de saldo para mantenerse en el foco mediático.
Vivimos tiempos tremendos: de la insignificancia al éxito internacional en apenas un vídeo viral; de tener que demostrar, si acaso, que sabes respirar y caminar sin hacértelo encima, a verte en la tesitura de convencer al mundo de que lo tuyo no es el Gangnam Style de la generación centennial.
En fin: lamentamos mucho que no hayan podido con la presión, que la fama les haya arrollado como un ciclón embiste una playa paradisíaca, pero vislumbramos en tal acontecimiento un ligero brillo de esperanza y de justicia poética para todas esas bandas, músicos y artistas que se pasan décadas perfeccionando su estilo para lograr la atención del público, y que tienen que lidiar con que cualquier influencer disfrazado de arlequín se plante en Tiny Desk y lo pete haciendo bailecitos de TikTok.
2. Turnstile – NEVER ENOUGH

Curioso viaje el de Turnstile: de ser un apañado grupo de hardcore heteronormativo y adecúado a las expectativas de una sociedad educada en la pertenencia al grupo, aunque con cierto futuro prometedor, a convertirse en la banda de guitarras favorita de quienes detestan la música de guitarras; los mismos que lo flipan con The Blaze aún odiando la música electrónica.
NEVER ENOUGH no decepciona y sigue la línea decadente de su predecesor, GLOW ON, en su descenso a los infiernos para jugar en la liga de bandas como Pignoise. Tratar de sonar fresco, accesible y renovador no siempre es efectivo; si en el anterior trabajo la fórmula funcionó, en este nuevo disco la retórica de su imagen se desdibuja hasta convertirlos en los Måneskin que suenan fuertecito.
Colorinchis, bolas de discoteca y melodías pop: todo esto nos retrotrae inevitablemente a la ausencia del padre como motor principal de este viraje hacia la complacencia guitarrera, donde no parece haber nadie al volante. Es un disco hecho a desgana, tanto como un polvo apartabragas en una gasolinera: al principio puede parecer excitante, pero termina por tornarse tedioso e incómodo.
Música muy disfrutable para todos aquellos que se decantan por comprar las camisetas de sus bandas favoritas en Primark.
1. BAD BUNNY – DeBí TiRAR MáS FOToS

El mayor fraude de la historia reciente sigue añadiendo discos a su deleznable repertorio, que se traducen en un insulto no solo a la música, sino a toda la humanidad: que cada año tenga más adeptos solo puede significar que nos hallamos en el límite del arco evolutivo, lo que sin duda nos aproxima a la extinción. Dadas las circunstancias, el Apocalipsis nos parece mejor opción que esperar a que el año que viene saque nuevo álbum, futurible disco que, como ya quedó probado, podría haber sido generado por ChatGPT con mejores resultados.
Bad Bunny es música retrógrada para seres incompletos. El producto perfecto para todos esos indies acomplejados que, en plena crisis de los cuarenta, pasan de coleccionar deportivas Nike a lucir mullet y pintarse las uñas de colorines. Un referente falsamente vanguardista para quienes, de soslayo, dejan que la tendencia se imponga al buen gusto.
En definitiva, Bad Bunny es música para quienes se manifiestan por la libertad del pueblo palestino pero terminan en un concierto de Radiohead. Es música para coleccionistas de vinilos que se resisten a asumir que su momento ha pasado, y que abrazan nuevas tendencias —que no se corresponden con su generación— para así parecer modernos, lo que los vuelve dañinamente anticuados. Es música para gente pequeña y sin criterio; para los millones de bots que cada año posicionan al puertorriqueño en listas internacionales. Pero ¿no es acaso el oyente medio de Bad Bunny un bot de carne y hueso?
Del disco en cuestión no podemos decir gran cosa, ya que, como con anteriores, no tenemos intención de escucharlo: no está hecha la boca de estos cerdos para las mieles de la ignorancia supina.



4 Comentarios
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Pitchfork (que ya es mucho m1erdero) versión temu. No tiraste un argumento, por favor ve al psicólogo y sino te alcanza compa te ayudamos
Se pinta la cara= black metal
Creo que el que escribió esto le faltan unas terapias.
En toda esta perorata no leí nada sobre música; pero sí supe lo mal que le caen los fandoms al que escribió esto.
En fin, gracias por hacerme perder el tiempo (además que está escrito como el culo).
Cómo os ponéis los emos cuando se meten con vuestra boy band favorita 🤣🤣🤣🤣
Es en estos comentarios donde viene uno a demostrar su incapacidad para entender un texto escrito desde la ironía, la mala leche y la pura diversión?? Quién da la vez…
Este es. ¿Qué te pongo? La agonía indie la tenemos a muy buen precio. Y en bolsa.