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Los Peores Discos Nacionales de 2025

10. Rufus T Firefly – Todas Las Cosas Buenas

Hartos de las más que evidentes comparaciones con Tame Impala, Rufus T Firefly han decidido tirar por la calle de enmedio explorando una de las vías más manidas en el pop; la del autoplagio. Por lo tanto, si te gustaron sus últimos discos, este también te encantará: es exactamente lo mismo, pero con nueva portada; de hecho, podríamos decir que plagia incluso al anterior del anterior. Ya podrían abrazar este método el resto de bandas del panorama nacional; de este modo, Viva Belgrado —entre otros— no se habrían entregado tan grácilmente al indie pastelero.

De todos modos, no podemos sino aplaudir su perseverancia: ellos son, de siempre, la gran esperanza blanca del guitarreo patrio. Al pie del cañón con su psicodelia tocada despacito, con el LSD como un lejano recuerdo de la universidad —cuando experimentar era algo natural y no el resultado de una madurez mal llevada—, defienden su atalaya, ese ático donde los ubicamos, con gran dignidad, algo poco habitual en el indie.

En definitiva, Todas las cosas buenas es una calculada huida hacia delante en la búsqueda constante hacia la mutilación del yo. Como ocurre con Robert Del Naja, de Massive Attack, y Banksy, siguen sin hacer público que Víctor Cabezuelo no es otro que David Broncano con peluca. Esto es lo único que les reprochamos. Por lo demás, todo bien.

9. Rigoberta Bandini – Jesucrista Superstar

Nuestra adorada Massiel de Hacendado, Rigoberta Bandini, vuelve con un nuevo disco mastodóntico de narrativa purpurina y estribillo fácil: menos hype que el anterior, pero misma energía y ese aura que nos hace olvidar que nuestra función es criticar por criticar, desde la ignorancia y el desencanto propio de la frustración personal.

Escuchar a Rigoberta Bandini es un ejercicio de melancolía: sientes que extrañas algo, pero ¿el qué? En nuestra humilde opinión, lo que ocurre con su propuesta es que, mientras lo está petando, en paralelo pasa de moda y cae en el olvido. Pero siempre resurge de sus inmediatas cenizas con un nuevo sortilegio de saldo para sorprendernos y lograr que jamás olvidemos su nombre.

Es profundamente meritorio que, de todas las propuestas trending que surgieron en pandemia, sea la única con probada consistencia y, sobre todo, con razón de ser: la hemos visto pasar de la tendencia en Instagram al anuncio de verano de Estrella Damm, y de ahí al escenario de grandes festivales. Ahora estamos deseando verla presentar los Goya, la versión moderna de Cine de Barrio.

8. Medalla – Música máquina

Todos los años nos gusta incluir en este listado a alguna banda que nos resulte humanamente imposible criticar de manera negativa y que nos empuje a hablar de otros temas, ya que el disco en cuestión nos parece perfecto.

Por lo tanto, aprovechamos la ocasión para poner en boga un tema que consideramos importante: el avance de la transformación de Rafa Nadal en José María Aznar, ya muy avanzada, a punto de abandonar la fase larvaria para entrar en la crisálida, completando así su metamorfosis.

Como os confirmamos anteriormente, nuestras sospechas de que el tenista podría ser en realidad un cigoto del expresidente dieron lugar a una exhaustiva investigación que tuvo como resultado la confirmación de tales sospechas.

Si atendemos a la evolución del sujeto en los últimos meses, observamos que no solo la mutación física es visible e incuestionable —únicamente diferenciada por el vello capilar, algo habitual en la fase larvaria y que sin duda será reconducido en el interior de la crisálida—, sino que también se aprecia una canalización de estímulos hacia la herencia más reaccionaria del expresidente, especialmente llamativa en su perenne negación del techo de cristal y su abrazo a ideas regresivas.

Su reciente encuentro con Javier Milei confirma las pesquisas: pronto emergerá una versión 2.0 de Aznar –probable crisálida en Turquía.

Seguiremos informando.

7. Dharmacide – Tougher Than The Rest

Estética de cowboy y shoegaze deprimente es, precisamente, todo lo que nos pone el ciruelo como el cuello de un cantaor. Si fueran de Mánchester, ya tendrían su concierto en KEXP, pero como todo buen proyecto musical made in Spain les ha tocado ser ninguneados por la prensa musical. Algo así como ser confirmados por el Primavera Sound para tocar a las cuatro de la tarde en el escenario de la entrada, y exigua capacidad, concierto dirigido a guiris que esperan ansiosos a que abra la boiler room.

El disco nos ha encantado. Nuestro único reproche es que canten en inglés; nosotros, que somos de letras y la derechita cobarde de la prensa musical, abogamos siempre por la música en castellano. ¿Qué sería de la historia musical de nuestro país si Corazón Latino, de David Bisbal, hubiera sido grabado en inglés?

Ingleses y yanquis no tienen idioma para escribir El Quijote. Una lástima que Dharmacide se hayan conformado con marcarse un Shakespeare, pudiendo haberlo intentado con Cervantes.

6. joseluis – Por Ahora Para Siempre

¿Qué tienen en común los grandes autócratas y dictadores de la historia y joseluis? Exacto: que todos han cometido crímenes de lesa humanidad. Bajo el influjo de Diego Ibáñez, algo así como el Charles Manson del indie, joseluis ha perpetrado una de las mayores blasfemias musicales de este extinto 2025. ¿Recordáis aquel capítulo de Los Simpson en el que aparecen todos los familiares de Homer que parecen copias defectuosas del mismo? Pues es justo lo que le sucede a joseluis con el cantante de Carolina Durante.

Todo aquello que odiáis —amiguis, abrid los ojos— está en su disco debut, que no deja de ser una batidora de refritos desdibujados de las peores influencias del pop independiente patrio de los últimos treinta años. Sollozos entre los tres mismos acordes nos empujan al abismo de la indecencia moral, ya que el amargo poso que deja al acabar sus treinta y cuatro minutos de eterna duración no es otro que el de querer perforarte los tímpanos con un destornillador de estrella.

Aunque no todo son malas noticias, gracias a joseluis hemos aprovechado la ocasión para volver a faltar a Carolina Durante, que, por otro lado, deseamos vuelvan a sacar disco muy pronto.

5. Rusowsky – Daisy

Tiny Desk se ha convertido en el verdadero termómetro de la indecencia y el mal gusto extrapolado a la música de masas, donde en la mayoría de las ocasiones consiguen alcanzar cuotas de vergüenza ajena al nivel de cualquier videoclip de Leticia Sabater o el último show, en dicho canal, de Tame Impala.

Rusowsky ha conseguido convertirse por méritos propios en una de las mayores caricaturas de la música urbana y de tendencia en nuestro país, como cuando a Mr. Potato le pones una oreja en la nariz; a riesgo de parecer moderno por llevar bigote, no deja de entristecernos que pueda compartir con el resto de la humanidad un alto porcentaje del mismo genoma.

Su disco debut es solo un pastiche de trucos dignos del mago disléxico, aquel que para dar por finalizada su función lo arregla con un «¡CHATÁN!». Por momentos recuerda a lo peor de Guitarricadelafuente, pablopablo o Sen Senra, mezclado con bases infames descargadas de un banco de sonidos gratuito generados por IA. Y precisamente eso es lo que le ha catapultado al éxito: fast-food musical de manual, un disco que en 2026 será totalmente irrelevante.

4. Zahara – Lento Ternura

Nuestra Björk del Temu tan pronto se marca un disco escrupulosamente íntimo como se monta una rave, siempre con idéntico resultado: un desbordante esoterismo cuqui, mucho artificio y una épica excéntrica que empuja inexorablemente hacia la misantropía.

De Zahara nos gusta su carácter mutante, crítico y audaz; nos exaspera que no abrace más a menudo las exigencias de un género que, si bien suele fardar de ecléctico e innovador, se ahoga en el anodino poso del narcisismo y el cuento, caldo de cultivo del indie patrio y nuestra razón de ser como medio de culto; esto nos lo pone muy difícil a la hora de criticarla.

Extrañamos a bandas como La Oreja de Van Gogh de finales de los noventa y El sueño de Morfeo de aquel único disco que tuvo un mínimo éxito: el sota, caballo y rey del pop rock insufrible y plano, ahora convertido en vanguardia gracias a artistas de la talla de Zahara, dispuestas a dar un paso al frente aunque con ello vayan a toparse con la Iglesia, incels varios y el facherío en general.

Si bien es cierto que podría ser peor, Lento Ternura no logra alcanzar cuotas tan execrables como lo publicado por Rosalía en 2025 , lo que no deja de ser una victoria para Zahara, no tanto por sus virtudes como por el propio demérito de otras artistas que jamás tendrán ni un 1% de su talento.

3. Guitarricadelafuente – Spanish Leather

En España, toda generación ha tenido a su pesado de la guitarrita: los Baby Boomers tuvieron a Sabina y a Serrat, con quienes recordarán los buenos tiempos hasta la caja de pino; la Generación X tuvo a Fito y a Bunbury, los años oscuros del ostracismo intelectual y la paja llorona; los Millennials tuvimos a Alejandro Sanz y a Juanes, que tienen en común que jamás han tributado en España.

Como no podía ser de otro modo, la Generación Z se ha decantado por ensalzar la propuesta más cursi, soporífera y aberrante de todas las dispuestas en el catálogo.

Guitarricadelafuente, que, como ya sabéis, suena a algo así como llorar en la ducha —suave para que nadie lo oiga—, logra convencer a su ejército de fans con este nuevo conglomerado de canciones empachadas de melancolía impostada, íntimas desde el postureo y aburridas a rabiar, que sin duda arrancarán de nosotros algún bostezo cuando no quede más remedio que hacer acto de presencia en alguno de los festivales de verano a los que somos asiduos.

Auguramos una prometedora carrera a este nuevo peso pesado de la pesadez tocada a guitarra; el Álex Ubago que merece una generación que al menos ha tenido la decencia de ir desprendiéndose del trap para abrazar las tibiezas e incipientes calamidades de la edad adulta por medio de un género musical que guarde algún tipo de relación con la música.

2. Amaia – Si abro los ojos no es real

Considerar a alguien salido de OT un artista de verdad es, por sí mismo, una falacia, más aún cuando ni siquiera ha ganado Eurovisión —excusa perfecta para excluir a todos ellos de la ecuación, sin excepción.

No obstante, Amaia ha logrado un hito que desde aquí aplaudimos: dedicarse a la música teniendo algo más que una voz aceptable que pueda modularse por medio de producción y una lista interminable de efectos al gusto inducido por el Sistema de una masa de oyentes carentes de criterio; algo que no se puede decir de nadie que haya estado en la academia, con la excepción de Manu Tenorio, quien lo bordó con su interpretación de Lacrimosa en el escándalo de los okupas que no eran tal.

Con este nuevo álbum, Amaia se consagra como la Ana Torroja de su generación: teatrillo ensayado que aspira al viral, una puesta en escena más cuidada que las propias canciones y muchos, muchísimos amigos y amigas aplaudiendo un chute de Dormidina a la altura de las expectativas; música para comprar en Desigual y emocionarse ante la estantería dedicada al té matcha en la sección gourmet de El Corte Inglés.

Si Amaia fuera el mundo, este disco sería San Marino: un país que solo importa a quienes cada año lloran viendo Eurovisión.

1. Rosalía – Lux

Sor Tresmamis nos sorprende con un álbum cargado de falsa espiritualidad y cuento, una propuesta sinfónica, intimista, ecléctica, vanguardista y todos los términos grandilocuentes con los que la prensa musical especializada ha tenido a bien bendecir el nuevo trabajo de la artista española más internacional, para así conseguir su minutito de atención en redes sociales.

Si bien el disco ha gustado —como todo lo fabricado en un laboratorio para agradar—, nos sorprende la facilidad con la que la masa ensalza todo producto —en este caso la propia Rosalía— asumido previamente como tótem de veneración.

Por otro lado, tildar de estrategia de marketing magistral una quedada masiva en Callao, o el discurso público de la diva, es una broma de mal gusto con gracia tan solo para quienes viven lobotomizados por el FOMO y la tendencia, lo que por otro loado confirma que, con absoluta certeza, dicha estrategia ha sido diseñada por un mono con platillos: ¿para qué destinar recursos a tal proyecto, cuando el fan medio de Rosalía se traga cualquier milonga por vacua y ridícula que sea?

Rosalía es a la música lo que Starbucks al café, al buen gusto lo que Ikea al diseño de interiores y al carácter crítico de la masa lo que cualquier enfermedad venérea al asunto de ahí abajo: es, en sí misma, una aberración del capitalismo tardío, dispuesta al gozo de una masa limitada que abraza la mediocridad con enérgica entrega.

De lo de desear menos y especular con la vivienda, haberse consagrado en listas internacionales vendiendo feminismo envasado al vacío sin pertenecer al ismo, o presentarse como adalid de la bondad y la honestidad secuestrando en colas kilométricas a sus fans, hablamos otro día.

Una diva del todo a cien para una masa consumidora sin criterio, secuestrada por la economía atencional, la incultura y el culto a lo mediocre; el producto perfecto para un momento histórico sin un atisbo de originalidad, criterio ni gracia.

De tener que elegir un ismo para definir este disco, nos decantamos por el patetismo.

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