Nuevo escándalo sexual entre las momias del viejo orden. Para sorpresa de absolutamente nadie, que digamos. Presunción de inocencia, sí, pero ¿a quién le sorprende que un señor del Pleistoceno, que viene de vuelta de los tiempos «dorados» —para ellos— de la impunidad, sea un depredador sexual?
Es la típica historia: hombre mayor en situación de histórico privilegio conoce a chica —muy joven— en riesgo de exclusión —a muchísimas, no solo a una—. Ya sabemos cómo sigue, más aún si la acción se desarrolla en uno de esos lejanos «paraísos» capitalistas donde alguien con poder puede campar a sus anchas.
Hablamos del típico señorón tardofranquista: un baboso con las manos muy largas que se ha ido de putas con tal cotidianidad que es incapaz de concebir que una mujer se niegue a compartir cama.
Insistimos: para sorpresa de nadie.
La situación nos recuerda a la embestida que la opinión pública sufrió con el escándalo de Marilyn Manson, una de esas situaciones en las que uno se pregunta si la sociedad es subnormal, vive en un estadio de profunda enajenación que la incapacita para el pensamiento crítico, o directamente carece de tal voluntad.
Todo se reduce a una cuestión muy básica: nos flipa adorar al músico que farda de bailar en el límite de la moralidad, hasta que ese límite se ve sobrepasado por una o varias denuncias. Aplaudimos al rockero radical que zurra a sus técnicos y folla con modelos, aunque lleve décadas reconociendo públicamente ser un depredador, porque su inmoralidad, su carácter irreverente, produce gran morbo.
No hace tanto nos llevábamos las manos a la cabeza con Manson, el cual ha resurgido de sus cenizas cual Ave Fénix; con veinte kilos menos, una nueva novia y desenganchado del alcohol y de las drogas, vuelve a dar buenos conciertos: suficiente para consolidar su lavado de cara.
Ahora imaginemos que Manson fuera amigo íntimo de reyes, expresidentes del gobierno, jeques árabes, magnates de la moda y de la tecnología, dueños de mastodónticos conglomerados de la comunicación… Menudo final boss, sería casi imposible pasarse el juego y meterlo entre rejas.
Con lo que disfruta cierta gente al aplaudir al canallita, al vividor/follador que lo reconoce con descaro, multimillonario, internacional y encima blanco, caucásico y heterosexual, no es de extrañar que una parte importante de la sociedad se decida por el inmediato perdón de sus pecados, mucho antes de que estos sean expuestos con total claridad ante la opinión pública.
Además, a su edad, ¿cómo habríamos de juzgarlo? ¿Y por qué estas mujeres denuncian ahora?, se pregunta esa misma gente que prefiere dudar de quienes denuncian antes que asumir que su ídolo jamás se ha escondido, y que ahora, contra las cuerdas, se descubre como lo que siempre fue: un hombre con dinero, poder y total impunidad.
Nos gustaría poder celebrar, aunque sea tarde, la caída de otro depredador del entretenimiento. Pero lo cierto es que nos cuesta creer que vaya a hacerse justicia.


